Su cesta está vacía.

"Fantasías e iniciación de una adolescente"

A los dieciséis años yo tenía un novio con quien viví mis primeras experiencias sexuales.

Como tenia mecho miedo a quedar embarazada, no le permitía que me penetrara vaginalmente, y el se volvía loco de ganas de penetrarme.

Para consolarlo, nos encerrábamos en el garaje de su casa y yo le practicaba sexo oral.

Lo dejaba eyacular dentro de mi boca y me bebía su semen.

Esto lo conformo durante un tiempo, pero luego volvió a insistir con sus ganas de penétrame por la vagina.

Un día  que estábamos hablando de intimidades con una amiga mía, ella me contó como dejaba que su novio la penetrara analmente. Primero, me pareció que eso tenía que resultar muy doloroso. Pero la chica me explico que, si uno lo hacia bien, no pasaba nada feo. Me dio las indicaciones prácticas acerca de cómo hacerlo.

Cuando se lo propuse a mi novio, enseguida dijo que si.

Le advertí que me parecía que el garaje no era el lugar apropiado para ese tipo de cosas.

Nunca nos habían descubierto, pero no quería arriesgarme.

Acordamos que la primera noche que mis padres salieran el vendría a casa.

Apenas llego, lo hice pasar a mi dormitorio, donde comenzamos a acariciarnos y a besarnos. Yo estaba excitada y el también. Le acaricie el pene y el me paso la mano por debajo de la remera, me acaricio los pechos. Yo me quite la remera y el me acaricio y beso los  senos. No los tenia tan grandes, eran chicos pero bien duros, y a el le encantaban.

Hasta esa noche nunca nos habíamos visto totalmente desnudos. Esa fue la primera vez.

Las caricias continuaron. El me acaricio la vagina y me excito hasta hacerme llegar casi al orgasmo. Yo había dejado el pote de vaselina en la mesa de luz; lo tome y le indique que debía ponérmela en el ano.

Después, me ocupe de acariciarle el miembro, hasta dejárselo bien duro y de envaselinarselo. Brillaba, hermoso, con el glande abultado.

Al cabo de un rato, me pareció que ambos estábamos lubricados de manera correcta.

Me puse en cuatro patas. El se acomodo detrás de mí y me hizo abrir un poco más las piernas. Yo me aferre a la almohada.

El me paso el pene por la vagina varias veces y me acariciaba el ano para que se aflojara.

Yo trataba de relajarme lo más posible, como me había aconsejado mi amiga.

No me era fácil porque de a ratos me invadía un gran temor.

El me había prometido hacerlo delicadamente y detenerse cada vez que yo se lo pidiera.

En su primer intento de meterme el pene en el ano fracaso. Mi cola parecía no admitir ni el paso de un pelo.

Los dos pensamos que seria imposible lograr la penetración.

El me volvió a masajear el ano con vaselina y empujo el dedo índice hacia el interior.

Con algo de trabajo logro vencer la barrera del esfínter.

Yo me concentre en relajarme. Le dije que con la mano libre me acariciara el clítoris, mi amiga me había dicho que eso ayudaba a excitarse y  relajarse.

Mi novio lo hizo. Luego volvió a intentar la penetración con el pene.

El glande apenas avanzo, pero yo me queje de dolor y el lo saco enseguida.

Me reacomode, separando mas las piernas y volvió a arremeter.

Logro introducir el glande casi entero.

Experimente dolor y le pedí que no avanzara, pero   que tampoco lo sacara.

Por un segundo creí que me partiría en dos, pero luego esa sensación también desapareció.

Respiraba acompasadamente para relajarme lo más posible.

Mi novio avanzaba y retrocedía en mi interior. Pero cada vez que avanzaba ganaba terreno.

Habíamos acordado que, por ser la primera vez, no la metería entera, sino solo una parte.

Cuando ya no aguante mas ,me quemaba, dejo de avanzar. Se movió ligero, hacia delante y hacia atrás, hasta que acabo. Me estimulo el clítoris continuamente y yo también me estremecí, sin lograr un completo orgasmo.

Después, ya relajados los dos, nos dormimos. El se fue poco antes de que mis padres regresaran. Yo me lave con cuidado el ano, que me quedo dolorido.

Tres días después volvimos a hacerlo y esta vez fue más fácil.

A la semana siguiente mis deseos de tener sexo con el eran irrefrenables y teníamos que encontrar, como fuese, un lugar donde hacerlo.

La siesta de la tarde, clásica en el interior, nos permitió usar un viejo cuarto de trastos para nuestros encuentros. Un par de semanas después, practicábamos sexo anal sin problema. Primero las caricias eran interminables y hasta alcanzábamos el orgasmo por medio del sexo oral; después, cuando yo tomaba el pote de vaselina y me ponía en cuatro patas. La penetración era lenta, pero profunda, y no terminábamos hasta quedar totalmente sastifechos.

Esta práctica la emplee con otros chicos con los que salí después. El día que me case me costo mucho fingir poca experiencia con mi pareja.

Creo que se avivo de que me colita había sido muy visitada, pero no dijo nada porque era mucho el placer que el obtenía de esa manera.

El sexo anal me pareció desde siempre algo natural y todavía me asombra la cantidad de mujeres que, por razones muy poco atendibles, se niegan a practicarlo.

Copyright © 2010: Marcela Ocampo
Es tan solo una cuestión…de vivir al extremo, cada instante, cada situación, con el sabor que da lo prohibido.